La fama invisible de un grito silencioso

La validación me pedía a gritos reconocimiento, mientras que el miedo a exponer mis vulnerabilidades me susurraba que era mejor ser invisible.

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La fama invisible de un grito silencioso

Escrito por Oren Stambouli

Lo bonito de la vida es que, cada cierto tiempo, nos podemos volver a hacer la misma pregunta y llegar a una respuesta diferente.

Por ejemplo: ¿cuándo decidí que quería que el mundo entero supiera mi nombre?

En realidad, nunca fue una pregunta que me hiciera de manera formal. Creciendo en Venezuela, la "fama" estaba lejos de ser un objetivo; yo simplemente quería ir a la universidad, graduarme y trabajar en algún negocio que me diera una buena vida. 

Sin embargo, en paralelo a ese plan tan racional, no voy a negar que siempre me gustó que la gente dentro de mi salón de clases, de mi promoción y de mi colegio supiera quién era. Había descubierto, casi por instinto, que hay cierto estatus y oportunidades que se abren cuando todo el mundo sabe tu nombre.

Lo que en ese momento no sabía era que detrás de ese impulso no había una estrategia, sino una necesidad: buscaba ese "reconocimiento" para sentirme validado, visto y con un sentido de pertenencia. Por lo tanto, darme a conocer era algo que lograba de diferentes maneras, pero sin una intención o un objetivo claro más que el reflejo inconsciente de una herida de la infancia.

Hace unos días me encontré con un video de Whitney Hanson que, aparte de ser extraordinario, me dejó pensando nuevamente en la idea de la fama y el reconocimiento. Me obligó a evaluar cómo ese concepto ha evolucionado en mi vida.

La primera memoria que tengo sobre esa pregunta fue cuando estaba en college. En el intermedio de algunas clases, y comiéndome una dona de chocolate del Dunkin' que quedaba en la esquina de mi campus en Boston, hablaba con una amiga gringa, de esas con el pelo morado y que habían probado de todo un poco.

De la nada, me preguntó: «¿Quieres ser famoso?».

Mis ojos ingenuos en ese momento no entendieron la pregunta. A pesar de que había cambiado mi destino al mudarme de Caracas (donde lo tenía todo resuelto) a los Estados Unidos para convertirme en director de cine, jamás se me había ocurrido plantearme si quería ser famoso o no. Ella me observaba con anticipación, esperando la respuesta, tratando de encontrar su propia filosofía en mí... pero yo estaba tan perdido como ella.

Por suerte, en la mesa estaba nuestra amiga japonesa, que era mucho más madura e introspectiva que nosotros, y respondió: 

«No me interesa que el mundo sepa quién soy. Lo que quiero es ser famosa entre las personas de nuestra industria. Quiero que cada vez que tenga un proyecto en las manos, la gente me respete y se una a él porque saben quién soy y que soy buena».

Amé esa respuesta. Me pareció sumamente coherente, así que la adopté para mí. 

«Pienso igual que tú»

Respondí con seguridad, como si fuera una conclusión que hubiese analizado por décadas. Y así, de la nada, formé mi nueva identidad, sin mucho proceso ni saber realmente lo que estaba diciendo.

Por mucho tiempo mantuve esa postura. Eso era suficiente para mí: quería ser "conocido" por la gente que trabajaba conmigo.

Unas cuantas décadas después, me di cuenta de que no bastaba. Al principio luché contra ese afán de querer que la gente me conozca, pero poco a poco lo fui entendiendo. El tiempo y la madurez de crecer en una industria que no conocía cuando entré —y donde no tuve a nadie que me diera una mentoría apropiada— me obligaron a inspeccionar cada rincón, cada centímetro y cada estrategia.

Paralelamente, empecé a encontrar todas esas heridas de niño que me obligaban a querer ser reconocido, pero a la vez permanecer invisible...

Mi búsqueda de validación me pedía a gritos reconocimiento externo, mientras que el miedo a exponer mis pensamientos y vulnerabilidades me susurraba que era mejor permanecer invisible. 

Después de muchos procesos, aprendizajes y conversaciones, hoy puedo responder a la pregunta de la fama desde mi verdad. Ya no es una reacción a una herida, ya no es una búsqueda en un laberinto de dudas; ahora entiendo perfectamente por qué y para qué hago lo que hago. Y con ese conocimiento, poco a poco, estoy re-entrenando mi cerebro y mi cuerpo para vivir en esa realidad.

Si tú estás en una posición parecida, si no estás seguro de dónde quieres estar o por qué, te invito a que por unos minutos borres todas las respuestas que piensas que tienes y te hagas las preguntas de nuevo.

La persona que eres hoy tiene derecho a cambiar sus respuestas, tiene derecho a buscar algo distinto y tiene derecho a vivir su propósito en un cuerpo y una mente que estén listos para sostener la decisión que hoy decidas tomar.


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