Del silencio volcánico a la paz sin culpas
Mi mente decía: 'Qué lindo, pero no hay química'. Pero lo que realmente faltaba no era conexión, era peligro. Durante años confundí el amor con una zona de guerra y la paz con el aburrimiento.
A veces, navegando por redes, te encuentras con joyas que te tocan el alma porque te reconoces en ellas. No porque te den la solución mágica, sino porque le ponen nombre a lo que llevas años sintiendo.
Me pasó viendo videos casi que back to back de Sajeeva Hurtado y la psicóloga Natalia Restrepo.
El primer estoque vino con esta frase de Sajeeva: “La paz no es aburrida, tu cuerpo simplemente olvidó cómo habitarla”.
Me obligó a reflexionar sobre todas aquellas citas que terminaron en el olvido después de una o dos salidas… esas que yo catalogaba como "aburridas".
Mi mente decía: “Qué lindo, pero no hay química”.
Pero lo que realmente pasaba era que mi cuerpo no sabía qué hacer con la calma y la tranquilidad que esa persona me estaba regalando. La etiquetaba como "aburrida" porque, en realidad, mi sistema nervioso me estaba protegiendo de lo desconocido.
Esa adicción al caos, me hizo el blanco perfecto, para una manipulación muy sofisticada de la que habla Natalia. No es el control que grita o prohíbe; es el que usa la culpa. Es esa persona que no te dice "no vayas", sino que se pone "triste" si sales.
Ahí es donde mi empatía —mi supuesto superpoder— se convirtió en mi propia jaula. Me vi haciéndome chiquita, bajando el volumen de mi voz y de mis sueños para no "alterar" al otro.
Estaba tan ocupada gestionando las emociones ajenas que me olvidé de las mías.
Hoy comprendo que esa necesidad de "gestionar" al otro fue mi entrenamiento de supervivencia. Crecí en un hogar donde el silencio no era descanso, sino el presagio de una tormenta. Aprendí a leer el aire, a descifrar el ruido de unas llaves o el tono de un suspiro para saber si ese día tocaba ser el mediador, el héroe o simplemente desaparecer para no estorbar.
En ese guion, el amor de verdad solo se sentía real después de una explosión; en esos picos de reconciliación intensa que te dan un golpe de dopamina que solemos confundir con pasión.
Por eso, de adulta, mi sistema nervioso se volvió adicto al refuerzo intermitente. Si no había drama, mi cerebro se sentía como un soldado sin guerra: útil para apagar incendios, pero analfabeto para habitar la calma. Esa "falta de química" con la gente sana era, en realidad, mi cuerpo entrando en abstinencia de cortisol.
Entonces entiendes lo que dice Sajeeva: “La paz no es el fin de la pasión, es el inicio de una vida donde ya no necesitas sobrevivir”.
Ver estos reels me confirmó que sanar es un proceso de re-educación: enseñarle a mi cuerpo que la seguridad no es una amenaza. La Paz Activa no es quedarse mirando a la pared; es la libertad de moverte sin el peso de la culpa ajena.
Es paz si puedes decir "no" y la otra persona no se desmorona ni te castiga con silencio.
Es paz si puedes terminar tu jornada laboral sin sentir que el mundo se acaba si no respondes un mail a las 11 de la noche.
Cuando sientas esa "química" explosiva que te quita el sueño, respira. Dale tiempo al otro (y a ti misma) para que te muestre su consistencia. La pasión real no necesita quemarte para brillar; la pasión real es una base segura para que tú seas quien brille.
Al final, sanar es simplemente recordarle a tu sistema nervioso que mereces un amor (y una vida) que no duela.